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domingo, 28 de abril de 2013

La Loba


(Mujeres que corren con los lobos, capítulo I).

Hay una vieja que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero muy pocos han visto. Como en los cuentos de hadas de la Europa del este, la vieja espera que los que se han extraviado, los caminantes y los buscadores acudan a verla.

Es circunspecta, a menudo peluda y siempre gorda, y, por encima de todo, desea evitar cualquier clase de compañía. Cacarea como las gallinas, canta como las aves y por regla general emite más sonidos animales que humanos.

Podría decir que vive entre las desgastadas laderas de granito del territorio indio de Tarahumara. O que está enterrada en las afueras de Phoenix en las inmediaciones de un pozo. Quizá la podríamos ver viajando al sur hacia Monte Albán 3 en un viejo cacharro con el cristal trasero roto por un disparo. O esperando al borde de la autovía cerca de El Paso o desplazándose con unos camioneros a Morella, México, o dirigiéndose al mercado de Oaxaca, cargada con unos haces de leña integrados por ramas de extrañas formas. Se la conoce con distintos nombres: La Huesera, La Trapera y La Loba.

La única tarea de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y conserva sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de huesos de todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de cascabel, cuervos. Pero su especialidad son los lobos.

Se arrastra, trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el último hueso está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blanca de la criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar.

Cuando ya lo ha decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra vida y su fuerte y peluda cola se curva hacia arriba.

La Loba sigue cantando y la criatura lobuna empieza a respirar.

La Loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo.

En algún momento de su carrera, debido a la velocidad o a su chapoteo en el agua del arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna que le ilumina directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una mujer que corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas.

Recuerda que, si te adentras en el desierto y está a punto de ponerse el sol y quizá te has extraviado un poquito y te sientes cansada, estás de suerte, pues bien pudiera ser que le cayeras en gracia a La Loba y ella te enseñara una cosa... una cosa del alma.


El aullido: la resurrección de la mujer salvaje

Al volver al libro de Clarissa me doy cuenta, que lo que nos ofrece en el primer capítulo es el relato del camino que hay que recorrer en la transformación para llegar a recuperar a esa fuerza que todas llevamos dentro: la mujer salvaje. Lo que vamos a acometer es una investigación, un descubrimiento, una indagación, un desenterrar aquello que nos fue transmitido por las mujeres que nos antecedieron, que lucharon y que vivieron antes que nosotras. Aquello que sabemos desde hace mucho tiempo, pero que hemos olvidado, nos hemos ocultado a nosotras mismas para dejarnos llevar por los mandatos que nos han venido de nuestros padres, de nuestros amantes, de la sociedad, y que hemos ido adoptando, pero que llega un momento que ya no nos sirven, que nos pesan, y de repente nos damos cuenta que nos son ajenos e inútiles.

Pinkola estés nos invita a que empecemos buscando los huesos. Los huesos es aquello que nos da soporte, sobre lo que construimos y mantenemos nuestra estructura, nuestra identidad. La forma, la imagen, es algo variable, que podemos manipular, embellecer, descuidar o disimular, pero los huesos es lo esencial, lo que permanece, algo intrínseco a cada cual, la base, sobre lo que nos podemos mantener. No es fácil reconocerlos, identificarlos, tomar conciencia de ellos
entre tantos acontecimientos, tantas circunstancias, tantas experiencias vitales, pero es necesario llevarlo a cabo para encontrar lo indestructible.

Para buscarlos, para armarlos, tenemos que viajar a nuestro interior, a nuestras entrañas, a nuestro centro, a ese lugar íntimo y seguro donde sentimos la fuerza, la convicción de lo que nos conviene y lo que no nos conviene, lo que nos hace vivir. Ahí está la que sabe, la conocemos porque está presente en algunos de los recuerdos de nuestra existencia, nuestros sueños y nuestras fantasías. La sabia es nuestra parte olvidada, casi desconocida, maestra
de la imaginación, reina de la emoción.

De vez en cuando vienen a mi conciencia momentos del pasado, de distintos instantes de mi vida, con los que revivo una sensación genuina sobre mí misma, de una impresión de confianza y de seguridad, de hacer realmente lo que quiero hacer, algo que tiene que ver con mi esencia y naturaleza real, es entonces cuando estoy en condiciones para elaborar los mensajes que componen mi canción. Están relacionados con experiencias emocionalmente intensas, donde la razón desaparece y deja el timón a la intuición y la creatividad. Las emociones presentes pueden ser cualquiera: el amor, el pesar, la compasión, el entusiasmo o la excitación. Cualquiera de ellas puede ser el camino que me lleve al descubrimiento para alimentar o afrontar mi vida presente.

El cuento de los Cuatro Rabinos que Clarissa cuenta al final del capítulo, trata sobre ello, sobre como lo experimentado en nuestra íntima soledad, en nuestro cuerpo, en nuestra vida, son las respuestas para nuestra realidad cotidiana e inmediata.

(Reflexiones sobre el Capítulo I de MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS, de Clarissa Pinkola Estés).